miércoles 1 de julio de 2009

Eloísa

La tía Eloísa vive en el museo del vidrio. Se encarga de retirar el polvo de las piezas con un plumero. Nunca ha querido confesar su edad. Sólo sabemos que pertenece a otro tiempo. Lleva el pelo recogido en la nuca con una peineta de carey. No se tiñe las canas, no se pinta. Viste de oscuro y habita un cuarto de dieciséis metros cuadrados más allá del porche, donde no llegan los turistas ni los grupos de mujeres que lo visitan. Tiene una cama de niquel con colchón de lana, una mesilla de nogal con orinal de cerámica, un armario estrecho y una balda con un par de zapatos para cada día de la semana. Habla de los diferentes tipos de grabados que adornan el cristal; veneciano, al ácido, y a la arena, el más antiguo, y que a ella más le gusta. Su pieza favorita es una frasca del siglo XVIII labrada, la de mi hermana una compotera decimonónica y la mía un pequeño embudo de 1787, aunque también me gusta un tintero de 1830, y un esenciero con forma de fuelle.
La mala suerte, y un suelo pegajoso de aceite que alguien descuidado derramó a última hora la han hecho resbalar y romperse varios huesos. Tía Eloísa tiene ahora la voz de una niña a punto de echarse a llorar. Ya no habla del polvo que acumulan los recipientes de farmacia. Dice cosas muy extrañas:
-Enamorarse es sentarte en una nube a mirar tejados. Estar loca y disfrutarlo. Vivir en el fondo del mar con una escama en cada poro. Volar. Yo he sido una mujer con alas, aquí donde me veis. Porque me amó y lo amé.
Parece triste y sin embargo, se le iluminan los ojos cuando habla y se le arquean los labios.

lunes 22 de junio de 2009

Mañana no será lo que Dios quiera

La felicidad momentánea no es nunca un certificado contra la desilusión del futuro, sino una ayuda inesperada, casi biológica, en las estrategias de negociación con la vida.
Luis García Montero

sábado 16 de mayo de 2009

La vieja

Decían que estaba loca, porque no se relacionaba y vivía sola en aquella casa, aislada y ruinosa. Una tarde jugando entre sus matas de lirio, con hojas acintadas quemadas por el sol en las puntas, flores lánguidas y raíces proveedoras de pócimas de amor, quise conocerla. Llamé a su puerta, imitando con los nudillos el ritmo impetuoso de mi corazón. ¿Qué excusa le daría? Pero no se extrañó al verme ni me preguntó nada. Abrió de par en par y dijo: Pasa. Tenía encendida una luz blanca, fluorescente, redonda, que me pareció una bola mágica en aquel ambiente desolado. Un calendario antiguo, abierto en un mes de mayo equivocado de fecha y de año, con un día laborable encarcelado con rotulador rojo. Puedes pedir lo que tú quieras, dijo. Pero yo no podía ni hablar de la emoción que me causaba verla. Era una virgen arrugada. La mujer de un cuadro renacentista en movimiento. Pensé en la vieja de Velázquez friendo huevos. En la profesora de ciencias dando su lección. Y en las brujas de los cuentos. Vamos, niña, yo puedo hacer que se cumplan tus deseos.
Entonces empecé a pensar en voz alta y le conté las cosas del mundo que no me gustaban.
Sabes -dijo, cuando callé- por eso vivo aquí.
Aprendí algo valioso aquella tarde. Salí con la sensación de haber crecido y ser más flaca, igual que si fuera de plastilina, o de barro fresco, y me hubieran estirado hacia arriba. Las hojas verdes de los lirios quedaban un poco por debajo de mi mirada, y en algunos pétalos había bolitas transparentes de agua que reflejaban lo más bonito de la vida.

martes 5 de mayo de 2009

El péndulo

Ella le dio un discurso con la peor noticia, una infusión calmante en una taza de porcelana blanca y un beso sincero en la mejilla.
-Quiero más azúcar, dijo él haciendo el péndulo sobre la mesa del comedor con la cucharilla seca.
Mientras ella iba a la cocina, él abrió el balcón, inspiró hondo y se arrojó al vacío.

miércoles 29 de abril de 2009

El coleccionista de labios

El hombre del Norte visitaba la ciudad un par de veces al mes. Era ingeniero de minas, y a parte de algunos libros especializados en su oficio, o en su pasión; la arqueología, a veces encontraba un motivo de felicidad sin ser consciente de que eso era lo que había venido a buscar. Simplemente se fijaba en alguna chica que caminaba delante de él y llamaba su atención preguntando por algún establecimiento. O abordaba a una mujer en una tienda para pedirle consejo en la elección de un regalo para alguien especial. En el tono de las respuestas encontraba la clave para dar el segundo paso, o parar y seguir andando. El segundo paso consistía en invitarlas a tomar un café y dejarse guiar por ellas a un local con encanto.
El hombre del Norte no hablaba mucho, las dejaba contar lo que quisiera y escuchaba. Era muy alto y muy serio. Tenía las manos delicadas, con dedos largos y piel fina, y las uñas limpias y muy bien cortadas. Era correcto, educado y atento. Cuando salían, dejaba que fueran ellas quienes se despidieran con un gesto o una palabra de adiós, ellas quienes dijeran hacia donde iban, ellas quienes le dieran un par de besos como si acabaran de presentarlos. Y entonces, a un par de dedos por encima del hoyuelo de su barbilla, era su boca la que daba el tercer paso del día.
El hombre del Norte reaccionaba rápido; al sentir el tacto de la segunda mejilla femenina en la suya, les robaba una esquina de los labios, e inmediatamente secuestraba una mano de la muchacha y la resguardaba con suavidad en su espalda. Entonces les preguntaba: ¿Te suelto? Pero no las soltaba, y cuando se querían dar cuenta habían torcido a una calle menos transitada y caminaban abrazados, sin medir ni contar ya sus pasos.
El hombre del Norte les pedía la lengua, y se besaban. Después de los ronroneos, que algunas confundían con un llanto disfrazado, les proponía buscar una pensión para entrar en ellas y les decía: ¿Qué nos pasa? Coral, Teresa, Piedad, María... o como quiera que cada una le hubiera dicho llamarse.
El hombre del Norte escribía luego, con la segunda mano izquierda en un cuaderno las caracteristicas de todos los labios que iba conociendo. Una los tenía demasiado duros, otra demasiado blandos. Tal vez Laura demasiado finos y Lucía demasiado gruesos. Puede que Vanesa algo fríos y Eva muy calientes. O quien sabe si el grado de humedad no era el adecuado. El caso es que El hombre del Norte les pedía un teléfono de contacto y de vuelta a sus rutinas laborales hacía una ficha con los datos. Con la segunda mano izquierda, que además de tocar miraba y tenía memoria inconsútil, iba rellenando su cuaderno de coleccionista de labios, y no volvía, ni llamaba, a la ciudad hasta pasados quince días.

viernes 24 de abril de 2009

Huellas


Mi hermana lloró en el tren de vuelta a casa y yo le pregunté:
-¿Qué te pasa, Pili, qué te ha hecho, qué te ha dicho?
-Sufro porque dijo que estaba “enamorao”, muy “enamorao”, pero no hemos quedado en nada. En nada.
-No entiendo cual es el problema, Pili, os vi besaros muy apasionados en la discoteca.
-Sí, varias veces, las primeras bien, pero la última... al despedirnos en la estación, le vi la huella de otra boca reciente estampada en el cuello, se la vi justo mientras dijo que estaba “enamorao”, muy “enamorao”.

jueves 16 de abril de 2009

El maño

La casa estaba pensada, decorada y dispuesta para el placer las veinticuatro horas del día. Los muchachos dormían, trabajaban y a veces comían allí mismo un bocadillo que subían del restaurante, si no estaban dispuestos a pagar el menú del día. En el vestíbulo había una fuente para acariciar los oídos, unas flores que parecían naturales, perfumadas con spray, una pared malva, otra verde, otra naranja y otra azul intenso. El encargado atendía las llamadas, abría la puerta, recibía a las personas y, según la hora que fuera, les ofrecía un vaso de agua, una infusión para calmar los nervios de los que temblaban al hablar, una copa, o un cóctel sin alcohol. Las habitaciones eran cada una de un color diferente y frente a las camas, en los monitores que rozaban el techo, se veía una película erótica distinta. Pero los clientes no escogían dónde pasarían el tiempo contratado, sólo con quién. El encargado hacia pasar a los siete muchachos de la casa en orden, uno a uno, a la salita donde los usuarios permanecían sentados en un sofá estrecho, con las manos una sobre otra recogidas hacia adentro, o se quedaban de pie, atentos a cualquier cambio de personal que pudiera producirse entre una visita y otra, porque les gustaba probarlo todo. Probarlos a todos. Los chicos, descalzos y en calzoncillos, se presentaban por el nombre, que nunca era su autentico nombre, y daban un beso al aire apoyando primero una mejilla y después la otra en las caras lisas o arrugadas de los hombres. El maño, además, añadía un suave y sorprendente beso en los labios, y quizá por eso era el más escogido. El favorito de muchos habituales, y también el más solicitado por los nuevos, tanto que causaba envidia entre los otros seis. Era alto y delgado, tenía los ojos negros y los labios carnosos y sabios. Llevaba nueve meses complaciendo a cualquier hora del día o de la noche a quienes pagaban sus besos. Unos eran tan jóvenes como él mismo, otros caballeros ya maduros, y a veces incluso muy viejos. El maño les daba masajes corporales. Les chupaba el cuello como si le apeteciera hacia su garganta, llenando su paladar y su lengua hasata hacerles gemir y declarar: qué maravilla. Algunos clientes justificaban su visita antes de entrar diciendo que estaban sin pareja en aquel momento, o que no estaban muy seguros de su condición sexual y querían cerciorarse antes de dar algún paso serio para no hacer daño a nadie. Después de disfrutar le contaban cosas íntimas, cosas que quizá no hubiesen contado a nadie. Y él, con el codo hincado al borde de la almohada y la cabeza apoyada en la palma de la mano, mirando con atención gestos y rasgos, que unas veces le eran conocidos y otras no, los escuchaba paciente y atentamente hasta que se vaciaban, porque escuchar lo que sentían también era una forma de complacerlos. Pero nunca les preguntaba nada.
Hasta que llegaba un momento en que quien más necesitaba ser complacido era él.
Había nacido en Zaragoza, y cada trimestre viajaba para ver a su madre, Norma. Ella le esperaba con impaciencia. Llevaba dos años separada de su pareja, que no del padre del maño, con quien no se había juntado más allá del tiempo necesario para engendrarlo, sus padres habían muerto en un accidente de tráfico y aunque todavía era joven, pues joven lo había parido, no tenía a nadie más en el mundo que a su hijo. Norma no era su verdadero nombre, pero así se hacía llamar la madre del maño, que se llamaba Juan. Cada vez que hablaban por teléfono ella le preguntaba qué cuando volvía y él le contestaba que cuando terminara el curso, que sólo podía hacerle tres visitas a lo largo del año y que de sobra debía saberlo ella. Porque al principio la hizo creer que daba clases de primaria en un colegio onubense, y esa era un poco, también, su forma de agradecerle los estudios recibidos, que tanto había luchado ella para poderle dar. Hasta que un día cenando los dos solos se le escapó la palabra cliente, y ella la repitió con evidente signo de interrogación. El maño le dijo que por las tardes ayudaba en el bar de un amigo y eso bastó para zanjar la conversación de esa noche y adaptar las estancias siguientes al mayor o menor flujo de clientela en el supuesto bar. Norma pasaba los días previos repintando la paredes de blanco, vistiendo de blanco la cama, comprando lo mejor que encontraba en el mercado y guisando lo mejor que sabía para complacer el paladar de su hijo. Lo presentaba todo en los mejores platos, blancos y elegantes, de que disponía, y que no usaba nunca hasta que el hijo llegaba. Juan cogía en cada viaje dos o tres quilos, que perdía enseguida al regresar. Norma le lavaba la ropa, -las prendas delicadas a mano- la suavizaba y la planchaba a conciencia. Le daba abrazos y besos en la frente, le masajeaba los pies. Y Juan le preguntaba infinidad de cosas, aunque muchas veces se supiera las respuestas de memoria. Y Norma procuraba no preguntarle nada y se dedicaba a escuchar de mil amores lo que él estuviera dispuesto a contar.