Ella llega siempre pronto a todas partes y le gusta. Es como hacerle una pequeña sisa al tiempo. Roba un poquito para sus vivencias, y lo transforma en una especie de perla-momento. Tarde o temprano se hará de las sisas acumuladas un collar. A veces descubre un parque cerca del sitio a donde va, y allí gasta, invierte los minutos que le sobran, y si no hay gente le dice hola a los árboles, y respira profundo como si también le quisiera hacer trampas al aire puro, guardar un poco de oxigeno, de ozono, para cuando se sienta encerrada en casa o en el instituto poderlo respirar. Dice hola, simplemente, y escucha una voz vegetal que no se oye pero se entiende:
—Mira que casita tengo colgada para los pájaros en la copa.—dice uno grande.
—Fíjate que herida en forma de corazón me hicieron a navaja. —dice otro situado más al borde.
—Yo tengo letras y ojos.
Ella mira y comprueba que es cierto, el árbol tiene iniciales y palabras sueltas y ojos dibujados de varios tamaños. Uno le muestra el musgo que lo cubre, otro abre sus ramas altas para abrazar al cielo suavemente, otro de hojas más alicaídas se deja peinar por el viento.
Se olvida por fuera y se ensancha por dentro. Se deleita escuchando el singular lenguaje de los árboles. Si tarda en mirar su reloj es posible que, a pesar de llegar pronto a la cita, llegue tarde.
*
1 comentarios:
Dices que los perla-momentos existen por las citas, no estoy seguro que lo contrario sea también verdad.
Cada sitio que va tiene su perla-momento
quizás la forma de esperar sea la cita misma.
Entonces podríamos decir, por una sola vez, que la espera es mas importante que el encuentro
un abrazo
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