martes 22 de junio de 2010

Trampantojos

Alondra es una palabra que besa como si tuviera boca; una tetería donde Irene pasa todas las tardes de cinco a siete. El Alondra sólo tiene bonito el nombre, es un local viejo, sucio, casi triste. Las paredes están ahumadas con furia de hoguera invisible, manchadas de salpicaduras y desconchadas en algunas zonas; su tono cereza ha ido cediendo en intensidad con el tiempo, los golpes de las sillas y las gotas de té hirviendo que salpican al servir, o cuando un vaso cae desde la mesa donde un niño colorea una revista y de un codazo lo estampa contra el suelo sin querer. Para Irene ocupar uno de sus rincones es dejarse abrazar por el nombre, adentrarse en un espacio reducido pero rico como el contenido de un baúl con ropa que fue preciosa envejeciendo entre bolas de alcanfor. Hay clientes habituales y esporádicos que llegan cada tarde con la frescura sempiterna de las olas. Se charla apaciblemente, nadie grita ni se emborracha, nunca se rebasa ningún límite. Huele a dátiles dulces dispuestos en pequeñas bandejas árabes, a hierbabuena y a canela. Pero más penetrante que el olor a especias son las conversaciones ajenas. Irene a veces toma notas y luego lo mezcla con lo que vive, inventa y sueña para crear historias nuevas. Está tan concentrada en la tarea de observar esas dos horas que no se da cuenta de la gente que se fija en ella, algunos hasta apuntan cómo viste, lo que hace o dice, mientras imaginan en qué piensa.

1 comentarios:

Miguel dijo...

Desde siempre he visto esos locales como algo cercano. Explorar en un rincón las conversaciones de puertas para adentro.
Y saber por los demás , cosas de tí o de los otros, que antes no sabías.
Un abrazo