sábado 29 de mayo de 2010

Radiografía de un edificio plural

Hay ojos que hablan; los de la pulga Isidora cantaban al volver de la fiesta a las seis y treinta y cinco de la madrugada en un saltamontes de pago. La cigarra Cárdenas llevaba dieciséis minutos asomada a su ventana. Había visto a las hormigas negras del quinto entrar en el portal con los tacones en la mano, el moño flojo y los tirantes de la blusa bajados. Casi se cruzan con Tabanetti, el del cuarto, cuando salía camino del trabajo. La cigarra bostezó, porque su sueño era sensible al vuelo de una avispa y entre unos asuntos y otros apenas había pegado ojo durante la noche. A las dos y cuarto le alertó un choque de vehículos frente al parque de los patos, tuvieron que venir los ciempiés con las sirenas para hacer el atestado, a las tres y media reyerta entre dos clanes vecinales; las cucarachas y los caballitos del diablo. Ahora el regreso de las chinches obreras y la salida de los tábanos picadores de oficio, siempre ahítos de néctar, o de sangre, y dentro de un rato el trajín rutinario de todas las mañanas: Liendres amas de casa que salen a comprar, parados de larga duración que traen bajo el brazo el “Abejorro económico” con el presidente Chílavez en portada, piojos de culo inquieto que buscan acomodo en la cabeza de la gente, y garrapatas cuchicheando en la oreja de los perros.
La cigarra Cárdenas sacó su almohadilla de hacer encaje de bolillos, le gustaba mucho el sonido que producen los palos de madera al trenzar los hilos para seguir el dibujo de la muestra, y cambió un alfiler de sitio, pero en ese momento escuchó los inconfundibles pasos de la pulga Isidora que salía de nuevo y volvió a subirse al taburete para asomarse a la ventana del salón. Otro saltamontes particular la esperaba, con una banda azul en diagonal parecía una majorette desterrada de un desfile. Pero no sólo eso, sentado al lado derecho había un pulgón de lo más guapo que existe, de modales refinados y elegante como un Dandi. La cigarra se recogió las antenas con una cinta celeste que le favorecía mucho y sacó medio cuerpo fuera, pero el pulgón ni la miró.
Hay ojos enamorados de legañas, pensó la cigarra; los del pulgón con pinta de rico brillaban mirando a la pulga: fea, enana, antipática, bulímica y guarra, si lo sabría ella. La Cárdenas guardó la almohadilla con su inútil entrechocar de palillos, a semejanza de la mano del mortero, pero mucho más finos, estaba visto que no se concentraría en la tarea, sus manos fueron creadas para pasar la vida, una sobre otra, en el alféizar de la ventana.
Se le salía el corazón al ver en la terraza al tábano de enfrente. Estaba enamorada. A eso de las once se torció un pata al bajar del taburete para quitar algunas telarañas.
—!Tttttsssssfffff, ttttttsssssfffff, ttttttssssssfffff! !Qué mala suerte!—dijo.
Los disgustos le provocaban apetito, y como aún era temprano y le dolía el tobillo se concedió el lujo de no cocinar. Abrió una lata de conserva del montón que tenía guardado en la despensa y se cortó un filamento al hacerlo.
—!Tttttsssssfffff, tttttsssssfffff, ttttttsssssfffff! !ahora tendré que tomar postre y café!
Cuando terminó de comer, apartó la silla con cuidado de no hacerse más daño y tiró la lata a la basura. Paseó de un lado a otro buscando algo dulce que no fuera azúcar. Encontró un tarro de miel y se puso un poco sobre una rebanada de pan duro.
Con el estómago lleno, enseguida tuvo sueño. Se tumbó, cerró los ojos e intentó dormirse en el sofá, primero de un costado y luego del otro, pero le crujían mucho las alas. Así que se levantó y cogió una revista: una cigarra rubia besaba en portada a un saltamontes jugador de baloncesto, una abeja cantante salía de un coche con bolso y gafas de sol muy grandes, un monada de tábano con barba de tres días y camisa al viento paseaba con una chinche modelo a la orilla de una playa caribeña. La Cárdenas dio un bostezo. Abrió la publicación al azar con el filamento tieso y encontró un anuncio a doble página de un gel para el pelo. Bostezó de nuevo. Cerró la revista y miró la foto de una liendre con bata blanca en una clínica, las letras de alrededor no le interesaban. Bostezó otra vez y tuvo una idea al mismo tiempo. Sólo necesitaba un vaso, licor de ambrosía, y algo de hielo. En la cocina encontró medio limón reseco, al exprimirlo de acompañamiento, pinchado en un tenedor, le salpicó una gota en la herida.
—!Tttttsssssfffff, ttttttsssssfffff, ttttttssssssfffff! —dijo.
Aquello escocía lo que no está escrito. Bebió el primer trago, dio otro más largo y el hielo quedó contra el cristal, tintineando. Echó más néctar sobre los cubitos y tiró de rabia la cáscara de limón al suelo. Puso la tele y daban una de chinches del oeste. Entonces oyó la puerta del portal cerrarse de golpe, la parada brusca del ascensor, y a las madres reprender a sus piojillos que volvían del colegio alborotando. En la entrada levantó la chapa de la mirilla. Cuando cerraba un ojo y acercaba el otro a la lente se escuchó un timbrazo que la sobresaltó y dio con su frente en la madera provocándole tremendo chichón. Incluso se le nubló un poco la vista. Uno de los pequeños había apoyado la espalda a la pared y la mochila hizo presión.
—!Tttttsssssfffff, ttttttsssssfffff, ttttttssssssfffff!: sin hijos propios y aguantando a los ajenos —despotricó.
Torció la cabeza con un gesto amenazante y a punto estuvo de salir a montar un sapo en el ruedo del descansillo. Pero tuvo más fuerza el vacío de su estómago y fue a la cocina en buscar de consuelo. Ya no quedaba ni una gota de remedio en la botella. Pisó la cáscara de limón sin darse cuenta, se golpeó contra las esquinas de los muebles bajos y quedó en el suelo abierta de patas.
—!Tttttsssssfffff, ttttttsssssfffff, ttttttssssssfffff! Soltó mientras tenía otra idea.
Hay ojos que hacen chiribitas; como los de la cigarra a esa hora, ese día. Medio arrastras, cojeando y con el filamento hinchado, alimonado y tenso, buscó la bolsita de espliego y se lió un cigarrito con ella. Lo encendió con una cerilla y chupó con ansia, hasta que dejaron de dolerle el tobillo el dedo y la frente. Luego se asomó a la ventana y un mundo borroso que daba risa desfiló a cámara lenta ante sus ojos, chismosos, avezados y, ahora, un pelín rojos.

1 comentarios:

Miguel dijo...

Con los ojos pasa como con la tierra
desde lejos maravilla
pero hay que adentrarse para conocer todo su explendor.
Hoy me quedo con el mundo de la cigarra con el que da risa, con esa menbranita que envuelve su diminuto iris.
Un abrazo