
El cuerpo flotaba sobre un remanso del río, bocabajo. El muchacho llevaba un bañador de tela roja pegado al trasero, empapado, los bolsillos se le habían inflado de agua y parecían aletas de pez avergonzadas. Era una tarde soleada de domingo, los árboles estaban cargados de ciruelas claudias, dulces manzanas y peras de san Juan. En el aire había un perfume denso y tibio.
—¿Qué buscas? -preguntó una chica de piel tostada y coleta rubia. Pero el chico tenía la cara sumergida y no la escuchaba.
—Busca un tesoro escondido entre el lodo del fondo -contestó la hermana del chico, que se bañaba al lado de la de la coleta- es un iluso y siempre espera encontrar cosas interesantes y valiosas en cualquier parte.
En la orilla otros dos muchachos trenzaban juncos para hacer una barca y una chica bajita y pecosa improvisaba una bandera con un trapo sucio que había encontrado en el suelo, mientras su primo alisaba un trozo de rama seca con una navaja para el mástil. Un poco más lejos había un pinar sombrío, algunos troncos se inclinaban hasta el suelo como si estuviran a punto de perder un pulso contra el viento. Y al fondo, desde una casa de piedra solitaria un hombre miraba embelesado los juegos del grupo asomado a su ventana.
—¿Vamos a cazar lagartos? -preguntó el chico del bañador rojo sacando la cabeza del agua y sacudiendo el pelo como hacen los perros para secarse.
—Luego -contestaron desde la orilla los astilleros.
—¿Porqué quieres ir a cazar lagartos, con lo bien que estamos aquí? -inquirió la rubia acercándose a él y escurriendo su coleta con los dedos.
—Un día buscando lagartos en las peñas encontré una cueva y creo que hay algo misterioso dentro porque había una camisa de culebra en la entrada.
—¿Y eso que tiene qué ver? -djo la hermana entrometiéndose.
—Mucho, idiota, las culebras son las guardianas de los misterios.
—!Y una mierda! -contestó ella. Y lo miró de mala manera porque estaba harta de ser insultada durante las comidas familiares y delante de sus amigos, en cualquier parte. Se acercó al oído de la rubia para hablarle en secreto:
—¿Qué te he dicho? Es un ingenuo. Un soñador. Te gusta, chica, pero es tonto.
—Hablar a la oreja es cosa de vieja -replicó el hermano.
—Mete otro rato la cabeza en el agua, que estabas más guapo, anda.
La niña del trapo machacaba flores lila en una piedra y recogía el jugo para teñir la tela. Cuando hubo empapado una franja la mostró y dijo:
—Está quedando preciosa, ¿verdad?
—Sí, pero mira como te has puesto las manos de tinta -le dijo el primo.
—No importa, ya me lavaré luego, el caso es conseguir una bandera republicana como la de mi abuelo. Ya sólo me faltan el rojo y el amarillo.
—¿Y donde los vas a colocar?, cazurra, si has puesto el trapo perdido.
—Todavía se puede arreglar, espera y la verás ondear y lucir cuando navegue.
La pareja de chicos había terminado la barca de juncos y la echaron al agua por ver si flotaba. Se ladeó un poco al principio, pero enseguida avanzó con el viento y ellos entrechocaron las palmas de sus manos en señal de éxito.
El hombre de la casa seguía con excitación todos sus movimientos. Dentro, su mujer tejía para él una chaqueta de entretiempo de un color sufrido. Más allá de los frutales las madres de los muchachos habían terminado de lavar la ropa con jabón casero de aceite y sosa y la tenían extendida al sol sobre la hierba.
—!No encuentro flores rojas! - se quejó la pecosa machacando directamente sobre la franja central de la tela unos cuantos pétalos de dientes de león.
—¿Quieres que las traigamos nosotros? -se ofreció la rubia. Podemos ir éste y yo.
—Bueno, a ver si encontráis alguna por aquí cerca.
—Yo sé donde hay moras -alegó la hermana del chico del bañador.
—Pero las moras no son rojas, idiota, -dijo él. ¿No ves que morado ya tiene?
—!Habló el rey de los tontos! no vuelvas a decirme idiota jamás. !Ay!, ¿no dan ganas de pincharle y conseguir el rojo con su sangre?
La rubia sacudió su coleta, recogida a propósito con una cinta roja ese día.
La mujeres doblaron las sábanas ya secas y azuladas, ayudandóse unas a otras, y los llamaron para volver a casa. Ellos chapotearon en señal de protesta, pero al cabo de un rato salieron del agua y fueron hacia ellas.
El hombre se apartó en erección de la ventana cuando se alejaron. Se acercó a dar un beso urgente a su mujer y ella torció la cara, pero no dijo nada. Nunca decía nada. Él la empujó hasta el borde de la cama y allí se podría decir que hicieron el amor, aunque ella no hizo nada. Ella nunca hacia nada. Pensaba que las cosas debían ser de otra manera, no sabía muy bien cómo debían ser esas cosas porque nunca había conocido a otro hombre, no había tenido otra pareja, pero se figuraba que habría formas menos brutales, más satisfactorias. De hecho su marido la mayoría de las veces la trataba de otra forma. Solían pasar los meses de invierno tranquilos. Cuidaban juntos de los animales y de la huerta, dividían con ecuanimidad todas las tareas y antes de ir a dormir él leía para ella escogidos pasajes de la Biblia y sólo la tomaba de noche cuando la luna derramaba su luz justa. Su vida era como agua estancada. Pero el tiempo vuela sin alas, llegaba el calor y alborotaba la naturaleza; embellecía el campo; los árboles florecían y daban frutas, el prado reverdecía y brillaba salpicado de colores, el río se llenaba de cuerpos de chiquillos y el aire de sus alborotados gritos, entonces el hombre miraba por la ventana y después la tomaba a pleno sol y por la fuerza. El agua estancada se removía y el mal olor del fondo emergía hasta la superficie. Luego él, presa del arrepentimiento, se proponía no volver a hecerlo. Siempre pasaba así.
—¿Qué buscas? -preguntó una chica de piel tostada y coleta rubia. Pero el chico tenía la cara sumergida y no la escuchaba.
—Busca un tesoro escondido entre el lodo del fondo -contestó la hermana del chico, que se bañaba al lado de la de la coleta- es un iluso y siempre espera encontrar cosas interesantes y valiosas en cualquier parte.
En la orilla otros dos muchachos trenzaban juncos para hacer una barca y una chica bajita y pecosa improvisaba una bandera con un trapo sucio que había encontrado en el suelo, mientras su primo alisaba un trozo de rama seca con una navaja para el mástil. Un poco más lejos había un pinar sombrío, algunos troncos se inclinaban hasta el suelo como si estuviran a punto de perder un pulso contra el viento. Y al fondo, desde una casa de piedra solitaria un hombre miraba embelesado los juegos del grupo asomado a su ventana.
—¿Vamos a cazar lagartos? -preguntó el chico del bañador rojo sacando la cabeza del agua y sacudiendo el pelo como hacen los perros para secarse.
—Luego -contestaron desde la orilla los astilleros.
—¿Porqué quieres ir a cazar lagartos, con lo bien que estamos aquí? -inquirió la rubia acercándose a él y escurriendo su coleta con los dedos.
—Un día buscando lagartos en las peñas encontré una cueva y creo que hay algo misterioso dentro porque había una camisa de culebra en la entrada.
—¿Y eso que tiene qué ver? -djo la hermana entrometiéndose.
—Mucho, idiota, las culebras son las guardianas de los misterios.
—!Y una mierda! -contestó ella. Y lo miró de mala manera porque estaba harta de ser insultada durante las comidas familiares y delante de sus amigos, en cualquier parte. Se acercó al oído de la rubia para hablarle en secreto:
—¿Qué te he dicho? Es un ingenuo. Un soñador. Te gusta, chica, pero es tonto.
—Hablar a la oreja es cosa de vieja -replicó el hermano.
—Mete otro rato la cabeza en el agua, que estabas más guapo, anda.
La niña del trapo machacaba flores lila en una piedra y recogía el jugo para teñir la tela. Cuando hubo empapado una franja la mostró y dijo:
—Está quedando preciosa, ¿verdad?
—Sí, pero mira como te has puesto las manos de tinta -le dijo el primo.
—No importa, ya me lavaré luego, el caso es conseguir una bandera republicana como la de mi abuelo. Ya sólo me faltan el rojo y el amarillo.
—¿Y donde los vas a colocar?, cazurra, si has puesto el trapo perdido.
—Todavía se puede arreglar, espera y la verás ondear y lucir cuando navegue.
La pareja de chicos había terminado la barca de juncos y la echaron al agua por ver si flotaba. Se ladeó un poco al principio, pero enseguida avanzó con el viento y ellos entrechocaron las palmas de sus manos en señal de éxito.
El hombre de la casa seguía con excitación todos sus movimientos. Dentro, su mujer tejía para él una chaqueta de entretiempo de un color sufrido. Más allá de los frutales las madres de los muchachos habían terminado de lavar la ropa con jabón casero de aceite y sosa y la tenían extendida al sol sobre la hierba.
—!No encuentro flores rojas! - se quejó la pecosa machacando directamente sobre la franja central de la tela unos cuantos pétalos de dientes de león.
—¿Quieres que las traigamos nosotros? -se ofreció la rubia. Podemos ir éste y yo.
—Bueno, a ver si encontráis alguna por aquí cerca.
—Yo sé donde hay moras -alegó la hermana del chico del bañador.
—Pero las moras no son rojas, idiota, -dijo él. ¿No ves que morado ya tiene?
—!Habló el rey de los tontos! no vuelvas a decirme idiota jamás. !Ay!, ¿no dan ganas de pincharle y conseguir el rojo con su sangre?
La rubia sacudió su coleta, recogida a propósito con una cinta roja ese día.
La mujeres doblaron las sábanas ya secas y azuladas, ayudandóse unas a otras, y los llamaron para volver a casa. Ellos chapotearon en señal de protesta, pero al cabo de un rato salieron del agua y fueron hacia ellas.
El hombre se apartó en erección de la ventana cuando se alejaron. Se acercó a dar un beso urgente a su mujer y ella torció la cara, pero no dijo nada. Nunca decía nada. Él la empujó hasta el borde de la cama y allí se podría decir que hicieron el amor, aunque ella no hizo nada. Ella nunca hacia nada. Pensaba que las cosas debían ser de otra manera, no sabía muy bien cómo debían ser esas cosas porque nunca había conocido a otro hombre, no había tenido otra pareja, pero se figuraba que habría formas menos brutales, más satisfactorias. De hecho su marido la mayoría de las veces la trataba de otra forma. Solían pasar los meses de invierno tranquilos. Cuidaban juntos de los animales y de la huerta, dividían con ecuanimidad todas las tareas y antes de ir a dormir él leía para ella escogidos pasajes de la Biblia y sólo la tomaba de noche cuando la luna derramaba su luz justa. Su vida era como agua estancada. Pero el tiempo vuela sin alas, llegaba el calor y alborotaba la naturaleza; embellecía el campo; los árboles florecían y daban frutas, el prado reverdecía y brillaba salpicado de colores, el río se llenaba de cuerpos de chiquillos y el aire de sus alborotados gritos, entonces el hombre miraba por la ventana y después la tomaba a pleno sol y por la fuerza. El agua estancada se removía y el mal olor del fondo emergía hasta la superficie. Luego él, presa del arrepentimiento, se proponía no volver a hecerlo. Siempre pasaba así.
1 comentarios:
Es cierto que agua estancada huele mal, la analogía con los personajes le viene cono anillo al dedo.
Haz el amor y no la guerra, reza una sentencia. Los monstruos que mas miedo dan viven aveces bajo nuestro mismo techo y por lo general ocupan espacios de poder.
Un abrazo
Publicar un comentario en la entrada