sábado 17 de abril de 2010

Severino

La oronda figura del especiero, favorecida por la indumentaria propia del oficio, sube un kilómetro de cuesta. Entra al lugar por la parte del cementerio con el viento esparciendo matojos secos por la cuneta. Sólo el graznido de algún cuervo entre las ramas oscuras de los cipreses, el sonido leve, zigzagueante, de una lagartija ocultándose al borde del camino, y el roce de sus propias suelas arrastrando el peso de su cuerpo rompen el silencio vigente. Lleva al hombro una pequeña romana de precisión, colgada del brazo una cesta de mimbre deja escapar una estela fragante y permite airear el producto. Hace frío, el cambio de estación asoma el hocico humedeciendo la mañana entre un paso y otro del hombre. El sol es la rebeldía de la vigorosa luz de septiembre contra las fauces del otoño. Dejando atrás las feas naves para el ganado, de tejados de cinc asegurados con piedras, y los pajares en desuso, con puertas de madera rota en gris y paredes medio hundidas por el tiempo, el especiero avista las primeras casas enjalbegadas, su blancura azulada permite anticipar el color de la nieve que sólo tardará un par de meses en abatirse sobre el cerro coronado de viviendas. Severino comienza a silbar. La escuela también estrena cal y refulge, el patio está vacío, los niños aún no gritan ni corren unos tras otros, acaban de iniciar el curso, seguramente abren sus libros de matemáticas para dar la primera clase, en la atmósfera con olor a pino de los lápices de colores nuevos y las gomas de borrar intactas. El especiero formará parte del mercado a las diez, llega puntual, son las nueve y media. Pasa por donde la viuda Carmen que ya espera el acontecimiento de su visita en la puerta, le compra en series de cincuenta gramos las olorosas especias, pregunta cómo le va y qué tal tiempo hace en su pueblo. Con su brutal necesidad de conversación casi le obliga a hablar más de la cuenta, a confesar lo cansado que está, a lamentarse de que sus piernas ya no son tan fuertes como antes, pero no. Ella tiene el pelo cano recogido meticulosamente en un moño con horquillas y peinetas de pasta, viste ropa negra hasta los tobillos y una rebeca abotonada hasta el cuello. Hace ya tres años que su marido y las ovejas no pululan por el campo y todavía no obedece los pregones que convocan a la gente en la plaza, pero necesita pimentón y orégano, clavo y alcaravea, para los embutidos que, gracias al combustible de su grasa, le permitirán sobrevivir a los rigores inviernales. Hablan de las curiosas rutinas del gorrino san Antón, que siempre acude a la misma hora al umbral de la puerta donde sabe que le echan de comer y luego trota libremente. Por eso su carne es tan magra y le sabe tan rica al agraciado en el sorteo, tras hacer de la matanza otro tipo de fiesta. Águeda la del tío Puas se acerca y lo saluda por su nombre igual que hizo el marzo pasado y hará el marzo que viene. Un galgo de andar cansino la sigue con la lengua mirando al suelo. Ella pide, paga, y vuelve a cuidar del marido enfermo con la cabeza gacha. Severino las despide con animosas palabras:
—Águeda, dele usté recuerdos a Cándido de mi parte.
—Suerte en la rifa del domingo que viene, tía Carmen, si le toca el cerdo acuérdese de guardarme lomo de orza.
El especiero recorre las calles que desembocan en la explanada alta dejando un cauce aromático entre las fachadas. Es martes, la iglesia tiene cerradas las puertas. De la morera centenaria a la fuente de los caños están instalados los tenderos; en esqueletos de palo ondean sobretodos de mil rayas, los mandiles de tergal se sacuden solos junto a manteles de cuadros con servilletas colgadas de pico en una cuerda de pita entre dos cañas. El garbancero llega de hacer su habitual ronda de intercambio -¡tres medidas de crudos por una de tostados!-, se instala junto al pescadero y sus cajas de sardinas frescas. El porcelanero vocea sus novedosos platos de duraléx, trébedes para poner las sartenes en la lumbre, cacerolas y pucheros. Todos conocen a Severino, el especiero va dos veces al año a cada pueblo, le respetan por su ingenio. Es divertido, ocurrente, trata de opinar sin ofender para conformar a todos, distrae los ratos muertos, cuando las parroquianas parecen haberse puesto de acuerdo para no comprar ninguna, contando anécdotas a sus compañeros, y si las mujeres acuden en bandada, despacha inventando chascarrillos sin levantar la vista de lo que está haciendo. Es un ritual. Cada uno se va cuando termina de afilar cuchillos y tijeras, estañar cacharros que las viejas se resisten a tirar, o acaba de vender las aguaderas cargadas de lechugas y pimientos que ha subido en su animal. Es mediodía, bocas y estómagos arriban entorno a la mesa de la cocina, en la tahona se ha terminado de vender el pan, y en la escuela una campanilla pone fin a las actividades matutinas:
—Hasta luego, señorita. Se despiden los niños al salir corriendo.
—Hasta la tarde. Contesta la maestra.
Al echar el cerrojo de su casa por dentro, el especiero deja gran parte de su esencia fuera. Se despoja de la cesta, la romana, y el blusón, que puesto le da un aire pintoresco y quitado cuelga exánime en la percha. Severino enciende el fuego, calienta un poco de agua y la disuelve en el fondo de un bote de leche condensada reseca, desmigaja un trozo de pan duro en ella y se lo come a cucharadas soperas. Con un ascua prende un cigarro y también su vieja y renegrida tristeza. Da un golpe seco al tizón aferrado al tiro de la chimenea y fuma en silencio. Luego, con la boina sobre la frente, se duerme junto al rescoldo de la lumbre en un banquillo de madera. Tiene la mente fatigada y los pies cansados de tanto ir y venir andando por la comarca. En el tejado aúlla el viento, a soplos que se cuelan por debajo de la puerta su insistencia confirma que cada vez está más cerca el invierno.

1 comentarios:

Miguel dijo...

Quë decir de tus escritos, de tu vocación por lo cotidiano, le das vida a los personajes y yo camino entre ellos.
Un abrazo